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Un día en el mercado de chucherías más grande del mundo

por juanmanuel

Un yuan, una cartuchera. Dos yuanes, una tijera. Un yuan con veinte, el set completo de regla, escuadra y transportador. Por menos de 10 yuanes (un dólar con cincuenta), el regreso a clases está asegurado. Claro que, para conseguir estos precios, hace falta encargar por lo menos 18.000 unidades de cada producto. Es que en la ciudad china de Yiwu, las cosas se compran de a contenedores. De a metros cuadrados. De a kilos. Todo a lo grande, aunque al momento de negociar cada centavito se discute.

Juan David Mesa, un colombiano que trabaja como agente de compras para Latinoamérica, recorre uno de los distritos del Futian, “el mercado de pequeñas manufacturas más grande del mundo”, de acuerdo al Banco Mundial y las Naciones Unidas. Cada piso tiene una categoría, como “flores artificiales”, “adornos para el pelo” o “souvenirs”. Sin embargo, para ubicarse entre los 6,4 millones de metros cuadrados, él usa una página web que indica el bloque, el piso, la calle y el número del negocio que vende lo que está buscando.

Distrito 2. Entrada a uno de los distritos en donde se ubican los miles de locales de venta en el Mercado Yiwu.

Distrito 2. Entrada a uno de los distritos en donde se ubican los miles de locales de venta en el Mercado Yiwu.

Según cuenta una de las pizarras de su oficina, ya cerraron las ventas de luces de navidad, lámparas, cables USB, huevos saltarines, plastilinas y peces voladores. Hoy le toca averiguar precios de artículos de librería. Carpeta en mano, anota valores, dimensiones y saca una foto. Después toma una tarjeta con caracteres chinos y sigue el recorrido. Quince pasillos atiborrados de lapiceras, cuadernos, post-it en forma de corazón, camisa o estrellita se suceden sin interrupción hasta dejar la mirada exhausta.

–Estas vienen en rosa, azul y gris. Están buenas,¿no? Como para la nena, el nene y el adulto –dice, sosteniendo una abrochadora.

La encargada, una mujer de unos 23 años, le dice en mandarín que hay otros modelos. De hecho, tiene un local entero de ellos, ya que cada puesto ofrece un catálogo híper específico en su rama. Si eso se multiplica por los 2,1 millones de tipos de objetos que se consiguen en el Futian, la variedad adquiere dimensiones monstruosas. Y una competencia feroz: la engrampadora que aquí cuesta 2,05 yuanes, al lado se consigue a 1,95.

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El mercado de Yiwu provee el 60% de los pequeños bienes consumibles del planeta (como medias, calzoncillos y auriculares), casi el 70% de los adornos navideños y el 90% de las chucherías de los bazares.

A 300 kilómetros de Shanghái, en la región industrial más desarrollada de China, Yiwu se erige como el monumento del consumo global; “la capital de las pequeñas mercancías”, en términos del presidente Xi Jinping. Ironías del destino, su nombre en mandarín significa “cuervo justo”. De ahí sale lo que se pone, con lo que juega y festeja gran parte de la población de los cinco continentes.

Y esto no es una forma de decir: según estimaciones oficiales, el mercado de Yiwu provee el 60% de los pequeños bienes consumibles del planeta (como medias, calzoncillos y auriculares), casi el 70% de los adornos navideños y el 90% de las chucherías de los bazares. En 2017 (y sólo hasta noviembre), se calcula que el volumen de negocios implicó más de 31 mil millones de dólares. En ese período, la Argentina compró 193 millones en productos.

Los juguetitos del Once. El Mercado de Yiwu abastece a casi todos los "Todo por dos pesos" del planeta

Los juguetitos del Once. El Mercado de Yiwu abastece a casi todos los «Todo por dos pesos» del planeta

La historia del pueblo es un reflejo de las transformaciones del país. “De acuerdo a un dicho, donde hay pobreza hay creatividad”, menciona Zhu Xiaomei, director de Asuntos Extranjeros de la municipalidad. Hace casi cuarenta años, donde hoy se levanta un mall futurista con 75 mil locales, sólo había un arrozal. El pueblo era conocido por los pollos y el azúcar. Durante la transición del maoísmo a la economía de mercado, el terreno, rodeado de montes, no generaba demasiadas expectativas de desarrollo.

Por eso, en 1982, Yiwu se transformó en un experimento del líder Deng Xiaoping. Autorizó a la gente a comercializar ellos mismos sus productos. Según un informe del Partido Comunista, en el primer año ya se habían emitido 10 mil permisos. Entre tablones y tinglados, los campesinos reemplazaron la venta de plumas por manufacturas pequeñas de las provincias vecinas. Hoy no es casual que la estatua más grande de la ciudad reproduzca un tamboril de mano: instrumento que usaban los vendedores ambulantes y que devino souvenir en cualquier lugar del mundo.

“Si no hubiera nacido acá, sería una trabajadora rasa”, admite Yan Xiao (o Angel, para sus contactos extranjeros), al ver a los obreros que se reúnen en las plazas públicas a la espera de una changa. Hija de un vendedor de frutas, aprendió inglés en el colegio, algo de español en la secundaria y supo aprovechar las oportunidades que se abrían en la ciudad. Como ella, hay otras 210 mil personas que trabajan cada día en el Futian.

Clink Caja. Los spinners, que fueron sensación del año pasado y las demás chucherías, en el Mercado de Yiwu se venden por cajas

Todo en Yiwu se vende por tonelada o por contenedor.

Extrovertida y amiguera, hace de intermediaria entre hombres de negocios norteamericanos e indios con los fabricantes chinos. Eso significa que algunas tardes tiene que ir a alguno de los talleres de los alrededores, viajar a otras ciudades del interior e incluso pasar una noche armando juguetes para mandarle las fotos a un comprador interesado.

–Mi marido hoy está probando qué bolita rueda más rápido por un laberinto de encastre, si la de vidrio o la de plástico –cuenta y se ríe por la consulta de un cliente.

En sintonía con las transformaciones del lugar, su pareja, Yang Jianshe, abandonó el diseño de páginas web para dedicarse al comercio online. Como sucede en muchos matrimonios chinos, su hija vive con los abuelos en un pueblo cercano. La visitan los sábados, aunque el Futian no perdona ni un solo día.

Futian está abierto de lunes a domingo y cierra únicamente en febrero por el Año Nuevo Chino. Durante los fines de semana, los pasillos se pueblan de niños que corren y juegan, mientras esperan que se hagan las cinco de la tarde, hora en que sus padres bajan la persiana.

Guirnaldas. Los sectores de adornos navideños o de cotillón ocupan gran parte del Mercado de Yiwu.

Guirnaldas. Los sectores de adornos navideños o de cotillón ocupan gran parte del Mercado de Yiwu.

La municipalidad diseñó el actual mercado en 2001, cuando China ingresó a la Organización Mundial del Comercio. Lo bautizaron Yiwu International Trade City, pero todos lo conocen por la avenida donde está ubicado, Futian (en chino “campo para hacer crecer la felicidad”).

Desde ese entonces, se construyeron cinco bloques, llamados distritos por sus dimensiones. Para ir del primero al último basta caminar cuarenta cuadras. El crecimiento del complejo sucedió con tal celeridad que la siguiente ampliación será ya en las afueras de la ciudad. Rodeada por los edificios, quedó una pagoda abandonada. Los números de teléfono de fleteros, pintados con aerosol en los muros externos del templo, recuerdan que las viejas épocas ya pasaron.

Souvenires turísticos. El colmo: los holandeses compran sus molinos de viento en Yiwu al por mayor y después los venden en Amsterdam.

Souvenires turísticos. El colmo: los holandeses compran sus molinos de viento en Yiwu al por mayor y después los venden en Amsterdam.

“El mercado al aire libre ya era conocido fuera de China en los noventa”, dice Luis, un vendedor de juguetes de Bolivia. Dos o tres veces al año, él visita la ciudad en busca del próximo éxito infantil. Su rubro ocupa uno de los pisos más concurridos del predio y tal vez el más colorido. Drones, aviones y autos inalámbricos, plastilinas que parecen arena, máscaras, muñecas, peluches e inflables de todos los tamaños y colores pierden interés ante lo que parece ser la nueva sensación: el happy monkey, un monito interactivo que se aferra al dedo índice y se ríe.

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Yiwu ofrece una infraestructura única. Se calcula que más de mil contenedores se cargan, registran y despachan hacia 210 países cada día. A la cercanía con los puertos de Ningbo o Shanghái, se suman un aeropuerto y un tren que llega directo a Madrid o Londres.

En 2017, lo que parecía ser una baratija más, hizo boom y los pisos del Futian temblaron. “El spinner fue una pesadilla”, cuenta Maximiliano Seri, un argentino radicado en Yiwu desde hace siete años. “Parecía una timba. Los precios bajaban y subían constantemente. Había que hacer cola a la noche para mandar las cajas y hubo gente que se tomaba aviones para llevarlos en la valija y llegar primero”, agrega Alina Morán, otra argentina que se dedica a las exportaciones. Como la mayoría de los intermediarios, ellos no tienen un rubro específico, sino que trabajan a pedido del cliente. Sin embargo, casi todos los encargos terminan en el barrio porteño de Once.

Con camiones, furgonetas y motos cargados de encomiendas que pasan a toda hora, Yiwu en su conjunto parece un gran shopping interrumpido por zonas de restoranes y barrios residenciales. Detrás de la neblina constante, causada por la polución, se ven locales que venden sogas, cintas y embalajes. Como si el mercado no bastase, también hay calles temáticas.

Al compás del tamboril. La mayor estatua en el Mercado de Yiwu representa al instrumento que usaban los vendedores ambulantes para llamar la atención.

Al compás del tamboril. La mayor estatua en el Mercado de Yiwu representa al instrumento que usaban los vendedores ambulantes para llamar la atención.

La Navidad, por ejemplo, ocupa tres manzanas enteras de tiendas al por mayor, mientras que hay otras dedicadas a las cuentas de collares, maniquíes, luces de neón o puertas. Si algo define el paisaje Yiwu, son las cajas con la sigla “Made In China” apiladas en la vereda.

A diferencia de otros países productores a bajo costo, del estilo de Vietnam o Bangladesh, Yiwu ofrece una infraestructura única. Se calcula que más de mil contenedores se cargan, registran y despachan hacia 210 países cada día. A la cercanía con los puertos de Ningbo o Shanghái, se suman un aeropuerto y un tren que llega directo a Madrid o Londres.

“A Yiwu se viene a hacer negocios”, dice Hany Abady, un sirio que llegó hace un año escapando de la destrucción de su ciudad, Deir Er Zoor, y ahora se dedica al envío de réplicas de La Alhambra para las tiendas turísticas de Granada. Bajo la premisa del comercio, la ciudad se fue convirtiendo en cuna del multiculturalismo. En Yiwu viven 13 mil extranjeros y más de medio millón la visita cada año. Arabes, indios, africanos, europeos, estadounidenses y latinoamericanos conviven día a día y hasta arman sus torneos de fútbol. El equipo de Yemen, con hinchada propia, ganó la última competencia.

La apertura hacia los extranjeros se convirtió en política municipal. No sólo hay una mezquita (la más grande de China), sino también tres iglesias cristianas. Cada grupo tiene sus propios ritos. Mientras los musulmanes se reúnen los viernes, los rusos se juntan los domingos a jugar a un juego de mesa que se llama Mafia. Los restoranes de cada comunidad sirven sus especialidades: kebabs turcos, parrillas coreanas, pizzas italianas y hasta bifes de Texas. En este sentido, la oferta social es bastante más variada que en otros lugares del interior chino.

Como contracara de la extranjería, Yiwu registra 1,33 millones de migrantes internos, el doble de la población local. Eso sin tener en cuenta los miles que se asientan por temporadas sin informar a la Policía (un requisito obligatorio para cualquiera que pasa por la ciudad). En las afueras, frente a un templo budista dedicado a los oficios, se alza el Parque de Recursos Humanos, un edificio gubernamental en cuya planta baja construyeron 47 agencias de empleo. Papeles de colores pegados en las paredes de cada puesto anuncian que se necesitan obreros, ensambladores, recepcionistas y cadetes. “Conductor: 4.000 yuanes más comisión. Oficinista: 3.500 yuanes. Vendedor: 3.500 yuanes. Incluye vivienda, comida y cuatro días de descanso por mes”, pide una empresa en su solicitada.

Si bien las ofertas laborales se multiplican por mil, esto no evita que en la puerta del edificio la gente ofrezca sus servicios con cartel en mano. Por ejemplo, Wang Lin Yang viene de Anhui y tiene licencia de conducir, así que espera ganar un poco más de los 500 dólares del trabajador promedio. En general los sueldos incluyen alojamiento y viandas, por lo que la mayoría del dinero se envía a las familias en el interior. “Conseguir trabajo es fácil”, dice Wang. Por regulación los contratos son de un año, aunque algunos negocian informalmente por tarea o por objetivo.

Hija de la globalización, Yiwu hace realidad lo que el mercado imagina y también sus temores. Por día, se despachan 2,88 millones de objetos sólo en ventas digitales. Estas cifras generan el efecto contrario en quienes visitan el Futian: “Al ver tantas chucherías te volvés una minimalista”, dice Alina. “Yo, por ejemplo, tengo la menor cantidad de cosas en mi casa».

Fuente: Clarin.

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