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Un barrio, una esquina, un buzón y el inmortal almacén y bar de Lorenzón

por juanmanuel
Eran tiempos donde la céntrica Avenida Córdoba moría en calle Janssen y los días de lluvia aquellos caminos de tierra para el oeste se convertían en enormes lagos. El buzón de la esquina recibía cientos de cartas de esperancinos y pupilos que cruzaban desde el Colegio para depositar sentimientos y pedidos a familiares que estaban lejos. Almacén que vendía prácticamente todos sus productos sueltos y una jardinera que salía repleta a vender la mercadería por diversos barrios. Un bar que aún conserva su esencia, una esquina que poco sabe de tiempos modernos y pese a todo sigue atada a una época que aún se respira entre las paredes del bar de Lorenzón.

 

(Por Juan Manuel Sánchez para EDXD) – Una esquina con un almacén y bar que parece que siempre estuvo allí. Comercio tradicional que cuenta con su propia historia desde hace tanto tiempo, la misma historia que alguna vez comenzaron a escribir Bosch, casi cien años atrás, Pedro Mondini y más acá en el tiempo, desde 1944, Rafael Bolzico, Lorenzón y Settembrini.

 

Los hermanos Sergio y Miguel Lorenzón apoyados sobre un símbolo de esa esquina, el buzón, detrás el viejo almacén. 

A pocas cuadras de Plaza San Martín, donde alguna vez terminaba la colonia, hay una esquina que tiene un buzón que es acompañado por un comercio y la historia de todo un barrio que no pasa nunca de moda: «Siempre el local estuvo en la misma esquina. Tiene más de cien años de vida activa que comenzó en su momento la familia Bosch que después se trasladó a San Jerónimo Norte donde abrieron Casa Bosch, también estuvo Pedro Mondini como dueño, hoy aún en el barrio hay familiares de él y desde 1944 tomó el negocio mi padre junto a Rafaela Bolzico en una época donde el almacén era de ramos generales.

 

Eran tiempos donde el lugar era almacén, bar y hasta semillería teníamos. En mi caso particular con apenas 12 años comencé a trabajar y a jugar dentro del negocio. Era un trabajo pero también había tiempo para correr entre cajones y bolsas. Todo terminaba acá en el bar. Las calles en su mayoría eran de tierra y el pavimento llegaba hasta Janssen entonces los colectivos de la época como los carros y coches se movían por Córdoba y Janssen. El lugar era una parada obligada para familias y trabajadores. Recuerdo las jardineras y sulkys que paraban acá en frente donde había campo y las mujeres se cruzaban a realizar las compras de mercadería para todo el mes y los caballeros se acodaban en la barra del bar y se tomaban un trago.

 

En la zona oeste también estaba el Colegio y el Convento Santa Catalina y no había nada más. Los días de lluvia se inundaba todo y parecía un gran lago y las personas se las ingeniaban igual para poder llegar. Acá se vendía todo suelto, azúcar, yerba, harina, fideos, todo en bolsas de 50 kilos. Los mayoristas eran principalmente de Santa Fe que enviaban las cosas pero también en Esperanza por calle Aarón Castellanos había un mayorista y los propietarios eran Espíndola y Rocchinotti, era una casa muy grande con repartidores y nos traían productos otro era Andrés Caussi que estaba en el barrio Norte. Casa Enrique Gauchat en Sarmiento y López y Planes era un buen mayorista principalmente de bebidas. Eran muchos los comercios que a la vez proveían a nuestro almacén», expresa Miguel Ángel Lorenzón, quién a pocos meses de jubilarse continúa el camino que alguna vez siguió su padre.

 

Año 1946, tiempos de un almacén de ramos generales que solía recibir a familias de toda la colonia que llegaba para abastecerse. 

 

Punto de encuentro

 

Hablar del bar de Lorenzón o del viejo Almacén y Bar San José es ingresar prácticamente al alma de cada uno de los habitantes del barrio Oeste: «El almacén tenía un gran movimiento y era especial el bar porque allí uno se encontraba con innumerables personajes e historias, todavía resuena en mi cabeza aquel ruido del liso tirado que se servía todas las noches.

 

Es fácil recordar el bar y el comercio pero el lugar en aquella época también contaba con un patio enorme, después se fue edificando alrededor, pero ese espacio daba toda la vuelta y salía por la otra calle. En todo ese lugar estaba repleto de bolsas de semillas que venían a comprar los hombres que sembraban en el campo. Había un reparto diario que teníamos y se hacía con una jardinera tirada de una yegua. En realidad eran tres y para no cansarlas salían una vez por día. Se cargaba de mercadería y se salía a hacer el reparto. Con un viejo teléfono que había en el local se llamaba a las familias, se les tomaba el pedido y se les llevaba la mercadería. Recuerdo cuando llegaban los circos y levantaban la carpa en el predio donde ahora están los monoblocks, las yeguas que no querían pasar por miedo a los leones y tigres y había que cambiar el circuito porque se frenaban y no avanzaban.

 

Eran tiempos donde los bares tenían un lugar de importancia dentro de la sociedad y la gente concurría. Acá siempre el fuerte fue la gente del campo pero también los vecinos de la ciudad se acercaban. Acá además de tomar un trago, se escuchaba la radio y se leía el diario entonces se podían enterar de las noticias además de las largas horas de charlas. Eran comunes las discusiones de fútbol, pero principalmente después del domingo cuando se habían jugado los partidos de Liga Esperancina de Fútbol y se esperaban los comentarios. Acá venían los Cura de Mitre, los Vernazza de Sportivo y así representantes de los clubes que se juntaban alrededor de una mesa. Por muchos años fue una tradición de los más viejos.

 

Fuimos más grandes, más chicos, nos movimos, nos volvimos a acomodar pero siempre nos mantuvimos en el mismo lugar y conservando el mismo espíritu y con el acompañamiento del vecino, el cliente, entre todos hicimos una gran familia que gracias a Dios continúa perdurando en el tiempo», sostiene Lorenzón apoyado sobre un mostrador testigo de innumerables historias.

 

Aquel comercio de ramos generales que supo reunir a innumerables familias de la gran colonia. 

 

Espacio y lugar

 

Alguna vez el periodista Jorge Raúl Pirola con unas simples palabras resumió la enorme historia que guarda semejante bar y almacén… «Es la vida, en un barrio que tiene un buzón y una Parroquia. En una esquina incuestionable. Porque las vivencias del ser humano también tienen lugares. Como éste o como otros, pero lugares al fin que son mucho más que un cartel con el nombre de una calle». Así también lo vive y siente Miguel Ángel Lorenzón: «Siempre seguimos como almacén y bar, tomamos la posta con mi hermano y le dimos para adelante. Los tiempos han cambiado y sin embargo pudimos seguir adelante con semejante tradición. Nos fuimos adaptando a los cambios de tiempo, los momentos, las personas, todo fue cambiando y sin embargo pudimos amoldarnos a esos cambios, hasta las bebidas cambiaron y eso muchas veces fue un inconveniente a la hora de servir un trago.

 

Un claro ejemplo de esos cambios y en las bebidas se dio por ejemplo antes el Fernet se tomaba como un digestivo y hoy se toma como agua aunque no debiera ser así. Estaba el Nevuse que según decían los viejos de aquella época era un digestivo y llegaban a tomarlo cuando estaban mal del estómago. Hace poco tiempo cerró la fábrica Araya de bebidas en Santa Fe. Ellos hacían un anís turco único y era famoso en todo el país. Acá todavía guardo una botella pero ya no existe más y los tomadores de anís turco reniegan porque ahora deben tomar una marca de Buenos Aires e insisten que no es lo mismo. Incluso la etiqueta  de la nueva marca ya no dice anís turco sino bebida para la comunidad árabe.

 

Un conjuro contra la envidia y la mala suerte”, “para espantar los males del invierno”, son algunas de las míticas frases que rodean a la caña con ruda. Todos los 1° de agosto la tradición reza que se deben tomar tres tragos de este brebaje en ayunas, otros aseguran que el número es siete y en el caso de los valientes: un vaso. Lo cierto es que la intención del ritual es atraer la salud, la suerte y alejar los maleficios. En Esperanza, si bien cada año más locales se suman a la tradicional movida, se celebra de manera especial en el Almacén y Bar de Lorenzón, pasadas las seis de la mañana los primeros vecinos se acercan a la barra del boliche para brindar y así la tradición continúa durante el día con parroquianos que llegan de toda la zona. 

 

Dentro de los tragos y el bar hay otras tradiciones como la caña con ruda. Surgió con mi hermano y lo implementamos nosotros hace más de 30 años. Acá siempre pasaron innumerables personas y cada uno con su historia, llegaban camioneros del norte y traían junto a ellos la tradición de la caña con ruda y un poco en broma un poco en serio nos dijimos de comenzar a hacer algunas para tener en el bar, fueron tres botellas, seis botellas, la gente se fue enganchando y así cada año se incrementó a tal punto que fue una tradicional que hoy recibe en cada mes de agosto a innumerables personas y ya para este año ya hay preparadas unas 300 botellas.

 

Entre tantas historias hay un monumento prácticamente en la esquina que es el buzón que logramos que no sea retirado y quede como símbolo de una época. Hay fotos de 1938 donde el buzón ya estaba colocado. Una foto de ese año con los doctores Wagner que eran del barrio y salieron apoyados sobre el buzón. Durante décadas se usó muchísimo el buzón, acá en el almacén se vendían las estampillas, el Correo las dejaba y el cartero pasaba temprano a la mañana y a la tardecita y retiraba la correspondencia. El Colegio San José tenía unos mil alumnos entre los cuáles había unos 200 pupilos y seminaristas y ellos compraban muchas estampillas y utilizaban el buzón para mandar cartas a familiares.

 

La tradición se sigue manteniendo y la vamos a seguir manteniendo todo lo que podamos pese al cambio de épocas y tiempos que no son los ideales pero seguimos adelante. No me imagino un día sin vender algo del almacén o sin servir un trago sobre el mostrador, me parece difícil no hacerlo. Estoy pronto a jubilarme pero seguiré trabajando al menos hasta el día que me aguanten las piernas, son muchos años pero además de mi medio de vida, junto a mi familia el bar y almacén son mi vida, me crié prácticamente acá adentro y no me veo haciendo otra cosa. Solo espero que el día que me toque irme de esta vida sea trabajando detrás del mostrador como fue siempre y así siempre fui feliz», comentó en el final Miguel Lorenzón, uno de los tantos responsables de una esquina que pareciera no morir jamás con la tradición del bar, almacén, buzón y un barrio que lo siente como propio.

 

«El caudal de recuerdos de un ser humano se nutre de diversas vertientes: sonidos, aromas, nombres y lugares, entre los más referenciales. Esta última mención es válida para determinados puntos en el plano cardinal de cada pueblo o ciudad, donde la vida cotidiana y compartida fue tejiendo una maraña de sentimientos comunes, con especial apego por la sencillez del alma y las costumbres», Jorge Raúl Pirola.

 

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