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Reflexión de Arancedo por la Peregrinación a Guadalupe

por jose

Este fin de semana celebramos la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de Santa Fe. Cada año renovamos en este día nuestra gratitud y reconocimiento a una devoción que ha marcado nuestra historia. Son muchos los testimonios que señalan el sentido providencial de este camino religioso, como así también, los frutos de esta presencia de la Virgen que nos acompaña y ha orientado nuestra mirada a la persona de Jesucristo.

Creo que la austeridad de los signos de esta devoción es lo que le da ese sello distintivo a la presencia de la Virgen en Guadalupe, tal cual la vemos en el Evangelio. Ella acompaña a su pueblo, está presente, crea el ámbito de encuentro del hombre con Dios. Esto es lo importante para ella como Madre, y que se convierte en una señal que nos muestra su presencia y anima nuestra fe en Jesucristo. Esto nos puede parecer simple, pero es lo propio de ella, es el estilo de María. No venimos a buscar otra cosa. Venimos a agradecerle y a pedir su compañía en el camino de nuestra vida, que es para ella, también el camino de su Hijo. Guadalupe es un lugar de silencio y oración, de gratitud y de confianza en su presencia maternal, que hoy sigue cumpliendo con nosotros la misma misión que le encomendó su Hijo al pie de la Cruz.

Este año Guadalupe nos convoca bajo el lema: Madre, ayúdanos a construir una sociedad en paz, sin drogas y sin violencia. La fe no nos aleja de la realidad y el dolor de este mundo que nos toca vivir, ni tampoco nos exime de ser protagonistas en él. La fe no nos cierra en un diálogo intimista con Dios, sino que nos abre a una dimensión social. Una fe que no nos comprometa con la vida del hombre y la sociedad, no pertenece a la fe que nace del Evangelio de Jesucristo. Por ello el lema que nos convoca, al tiempo que nos habla de una realidad que conocemos y que va destruyendo la vida de muchos hermanos nuestros, nos compromete a sentirnos parte activa en la construcción de una sociedad más justa, solidaria y en paz. No podemos acostumbrarnos a convivir con el delito de la droga y la violencia, y menos ser indiferentes. Traemos este drama a Guadalupe y lo hacemos una oración confiada a los pies de nuestra Madre, para que nos acompañe y nos ayude a crear las condiciones de una vida más digna en la sociedad. El bien tiene más fuerzas que el mal, pero el bien necesita de testigos. Que nuestra presencia y oración confiada a nuestra Madre, nos comprometa a asumir actitudes que nos permitan recrear las condiciones de una sociedad donde los valores de la vida y la paz, del trabajo y la justicia, de la honestidad y la ejemplaridad, sean la fuente de una sociedad más humana, justa y solidaria. Esto, también pertenece la fe de un cristiano.

Desde hace unos años, y siguiendo el pedido que nos hiciera la Iglesia en Aparecida y que hoy Francisco nos lo recuerda, iniciamos en la Fiesta de Guadalupe el camino anual de la Misión Continental en nuestra Arquidiócesis. Este domingo, luego de la procesión y al finalizar la Santa Misa, haré entrega de la imagen misionera de la Virgen de Guadalupe con la que continuaremos nuestro compromiso misionero con toda la Iglesia Latinoamericana. Es bueno recordar que nuestro primer obispo, Mons. Agustín Boneo, fue el gran impulsor de la devoción a la Virgen de Guadalupe, al descubrir en ella una presencia providencial de María que lo llevó a convertirla en una referencia que fue definiendo a nuestra Iglesia santafesina. Guadalupe es un hecho religioso, pero también es un hecho histórico, eclesial y cultural que debemos agradecer, vivir y trasmitir.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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