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Falleció Rodolfo Campagnoli

por jose

“Me dicen el loco o el duro”. Así se presentó antes de asumir al frente de la Unidad Regional XI, cuando le preguntamos de qué manera se definía como policía. Pero a medida que transcurrió el tiempo -estuvo en nuestra ciudad de febrero de 2007 a septiembre de 2008- lo fuimos conociendo y descubrimos que detrás de ese gesto adusto se escondía una persona de esas que no abundan en la sociedad y menos dentro de la fuerza policial, donde las traiciones, pujas de poder y egoísmos son comunes.
Sin temor a equivocarnos podemos decir que Rodolfo Campagnoli era un gordo bueno que tenía códigos y defendía a ultranza a los amigos. Su mirada firme y el rostro de pocos amigos eran la coraza que le permitía disimular su verdadera cara, la del tipo bonachón, casi siempre de buen humor, locuaz y generoso con su familia y amistades.
“Si no me hago el pesado acá te comen, al segundo día te tumban”, confesó con cruda sinceridad cuando la confianza con este periodista ganaba espacio tras varios meses como máximo responsable de la seguridad en Las Colonias y no pocas discusiones derivadas de su tarea y la nuestra en el periódico. No podemos soslayar que aún en momentos en los que publicamos críticas al accionar de la fuerza que él dirigía, siempre actuó por derecha o para decirlo sin eufemismos y tomar palabras que Campagnoli utilizaba de manera habitual, jamás tuvo “mala leche”. Así se movió en la policía provincial como en la vida.

Dejó su huella
Cuando el gobierno de Hermes Binner decidió trasladarlo  y entregarle un fierro caliente -la Unidad I de Santa Fe- se emocionó. ¿Los motivos? El premio que significó este hecho en su carrera, el saludo de sus subordinados que lo aplaudieron y lloraron con él, y porque dejaba su segunda casa… Quería de verdad a Esperanza, ciudad a la que volvió cada vez que pudo para reunir a los amigos en torno a una mesa.
Miembros de la Cooperadora Policial y no pocos policías reconocen que fue el mejor jefe que tuvo Las Colonias al menos en los últimos 15 años. Recordarán siempre su obsesión por el trabajo.

Las penurias
Disfrutó de una familia hermosa conformada por Silvia -su esposa-, tres hijos y un nieto, pero en los últimos meses quienes lo conocimos de cerca sabíamos que estaba herido, ya que no lograba superar dos “golpes”: el primero, no haber llegado a jefe o subjefe de provincia, a pesar que las autoridades ya se lo habían confirmado; y porque hace poco se enteró que una persona que pertenecía a su grupo de amigos participó de la reunión en la que lo “bajaron” de la Jefatura Provincial por cuestiones más que oscuras…
Cuando este dato llegó a sus oídos se puso mal y ya no fue el mismo. Cada vez que pudo remarcó el daño que le causó esa puñalada por la espalda, ya que él nunca actuó de esa manera.
Quince días antes de su repentino deceso sonó mi celular: quería hablar de la ciudad. En el encuentro que mantuvimos me contó que sufría porque la traición vino de alguien que consideraba un hermano. La impotencia y el dolor que sentía eran evidentes y seguramente hicieron lo suyo para que todo termine de esta forma. Ahora es tarde para lamentos, me queda la imagen del tipo recto que ya debe estar hablando de temas policiales allá arriba. Que descanses en paz.

Gabriel Müller

Edición Uno.

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