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Desde el Evangelio: Día de la Madre

por juanmanuel

Todos nos sentimos agradecidos en este día sea con la presencia o con el recuerdo de nuestra Madre. Necesitamos expresar nuestros sentimientos de afecto y reconocimiento. Cada uno puede contar una historia personal de su madre recordando hechos y circunstancias que nos han marcado en nuestra vida. Es una historia que tiene mucho de memoria agradecida por los aspectos subjetivos en los que nos vemos involucrados al contemplarla. La memoria siempre encierra verdades que la historia no alcanza a describir. Hay en ellas, sin embargo, realidades comunes que nos hablan de su presencia en el don de la vida como de su cuidado hasta el día de nuestro nacimiento; de los primeros pasos acompañados por un amor que fue enseñando y corrigiendo nuestro ingreso en la vida; de su palabra y de su silencio que hoy podemos intuir, valorar y comprender; de su fuerza en momentos difíciles como de su alegría viéndonos crecer. Es la mujer que con su presencia ha hecho posible que nos sintamos parte de esa realidad única de amor, fraternidad y crecimiento que es la familia.

No hace mucho el Papa Francisco decía al hablar de ellas que: “Una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana, porque las madres saben testimoniar siempre, incluso en los peores momentos, la ternura, la entrega, la fuerza moral”. Creo que tres de estas palabras que usa: ternura, entrega y fuerza moral, nos presentan referencias que las definen, pero también valores que se convierten para la sociedad en ideales que la elevan moral y socialmente. La Madre es maestra y testigo de un mundo siempre nuevo. ¡Qué importante y urgente, diría, es valorar la dimensión de la maternidad en la vida y la cultura de una sociedad!

Siempre recuerdo el Retrato agradecido y emocionado de su Madre, que Mons. Ramón A. Jara nos dejara y que me permito leerles: “Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que, siendo joven tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud; una mujer que si es ignorante descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que siendo rica, daría con gusto su tesoro para no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que siendo débil se reviste a veces con la bravura del león; una mujer que mientras vive no la sabemos estimar porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero que después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus latidos. De esa mujer no me exija el nombre si no quieres que empape de lágrimas vuestro álbum, porque yo la vi pasar en mi camino. Cuando crezcan vuestros hijos, léanles esta página, y ellos, cubriendo de besos vuestra frente, o dirán que un humilde viajero, en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado aquí para vosotros y para ellos, un boceto del Retrato de su madre”.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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