Home Destacadas Clásico y esperancino como el «Jardín de la Cerveza»

Clásico y esperancino como el «Jardín de la Cerveza»

by juanmanuel

Cada sitio tiene sus encantos, historias, recuerdos… Rincones que guardan innumerables anécdotas y espacios que con el paso del tiempo nos han sabido llenar de imborrables remembranzas. Cada verano la Esperanza que supieron construir nuestros antepasados se llena de magia entre lisos fríos, un plato caliente de chucrut o una sabrosa porción de apfelstrudel que nos llevan por momentos a recetas de la abuela u olores de una historia de inmigrantes de Las Colonias. Sean ustedes bienvenidos al «Jardín de la Cerveza».

Son las 19 y el sol comienza a despedirse en el horizonte de otra calurosa jornada en la ciudad de Esperanza. En un patio que acumula 50 años de historias el piso ya fue baldeado, mesas y sillas aguardan para ser vestidas. Quiénes pronto, con vestimenta tradicional suiza, saldrán a escena llevando innumerables pedidos, comienzan con la ceremonia diaria de dejar todo aprontado para que minutos después de las 20 comiencen a llegar de distintos puntos de la región familias para disfrutar comidas típicas con un sabor especial.

Mientras en el patio cervecero se ultiman detalles, dentro de la cocina y en un horno a leña a alta temperatura se cocina apfelstrudel y entre platos típicos y preparaciones, el sector es invadido por una serie de aromas imposibles de evitar. En otro sector y sabiendo que es el gran animador de la noche y casi como si fuese una caja mágica, está la cámara de frío donde se almacenan los barriles bien helados de cervezas que en forma de lisos, balones o jarras, saldrán durante toda la noche a las mesas.

Una campana sonará indicando que un nuevo barril ha sido consumido y mientras anónimos chicos juegan y pelean en la casita alpina de madera casi escondida en un rincón, por los pasillos del histórico patio, mozos corren con sus bandejas cargadas de lisos, jarras, balones, aguas y gaseosas. Cargan chucrut especial o con salchichas, ensaladas de papas, picadas, cazuelas, super alemanes, chorizos colonos o en grasa. Es el verano número 50 del tradicional espacio ubicado en el acceso oeste a Esperanza, es el verano 48 para la familia Bolzico… Pasen, pónganse cómodos y disfruten la especial noche en el Jardín de la Cerveza.

Un matrimonio de San Carlos Centro disfrutando del tradicional patio suizo alemán. 

Con el final del ciclo escolar y la llegada del verano el Jardín de la Cerveza abre sus puertas para disfrutar de las noches que se extenderán hasta los primeros días del mes de marzo: «Es la temporada 48 para nosotros aunque el Jardín en sí ya tiene 50 veranos encima. Los primeros dos años estuvieron a cargo de los hermanos Hans y Freddy Burner que eran austriacos y propietarios del patio que por esa época era más pequeño. Ellos a su vez eran acompañados por sus esposas que colaboraban con el lugar donde se servía liso bien helado y comidas típicas.

Ellos sobre la ruta tenían un servicio mecánico de Mercedes Benz y el hobby era el bar. Vivían en una casa que alquilaban sobre calle 9 de Julio al 1.300 justo en frente a nuestra casa entonces había una relación. Mi abuelo era suizo y hablaba muy bien el alemán entonces la relación era aún más fluida gracias al idioma. Fueron pasando los años era un joven con ganas de seguir creciendo, por eso entonces tenía algunas cosas que hacía pero mi trabajo estaba en la TIME (Talleres Industriales Metalúrgicos Esperanza) y me había cansado.

Era un domingo a la mañana, me levanté y le dije a mi papá que me iba a alquilar el patio cervecero a los hermanos Burner. Mi viejo tenía negocios pero fuera de eso era un gran tirador de lisos en el Club Español entre otros bares. No me alentó, me dijo que estaba loco pero me fui al Jardín de la Cerveza, golpee las manos y salió uno de ellos. Le dije que me había enterado que iban a cerrar el lugar y junto con mi hermano «Toto» se lo queríamos alquilar. Llamó a su hermano y se pusieron contentos porque éramos nosotros los que queríamos alquilar.

Eran otros tiempos, pero en plena mañana de domingo y en pocos minutos llegamos a un acuerdo. Las choperas estaban debajo de un techo de paja, estaban los mismos árboles y tenían como cámara de frío una que habían comprado a los ferrocarriles. Esa cámara estaba conectada con un caño y a una manguera de lana de vidrio que iba directo a las choperas. Volvimos a casa a dar la noticia y nos volvimos con el escribano Tito Bolzico que era primo de mi papá, ellos y firmamos los papeles entre porrones y un pedazo de torta alemana. En ese tiempo las mesas y sillas estaba hechas con la madera de los barriles de chopp y quedaban bajitas y las mozas usaban polleritas cortas y los hombres se volvían locos cuando las llamaban y les veían las piernas», expresa Raúl «Nené» Bolzico.

«Nené»» Bolzico y el horno a leña donde se cocina el fabuloso apfelstrudel, entre otras delicias. 

Verano 48 para la familia Bolzico, verano 50 para una historia que está cada vez más viva: «En esa primera época servíamos chopp en barriles que iba a buscar personalmente a Cervecería Schneider cuando estaba por ruta 11 al ingreso a Santa Fe donde al lado Otto Schneider tenía su comedor. Después para comer había chucrut, gulash, ensalada de papas, salchichas y otras cosas se iban agregando.  Tenía 30 mesas para servir.

Esas primeras temporadas se vivían a pleno, todavía conservaba las mesas hechas con barriles de madera y al tiempo cierra un bar que estaba frente a la Plaza Las Carretas y me ofrecieron las sillas y mesas así que las fui a buscar. Todavía hay algunas dando vueltas de aquella época con la inscripción de Cerveza San Carlos.

Laburaba todo el día para dejar preparado el lugar y a la noche venían Vilma, mi hermano, mi papá y mi novia que hoy es mi señora y me daban una mano grande. La locura por ese tiempo era la mayonesa de aves. Mi suegro tenía gallinas ponedoras y las que ya no estaban más apta para poner se las compraba y me las llevaba a una especie de gallinero que me había armado. El problema se armaba cuando uno tenía toda la comida lista para la noche y de golpe te estacionaban a las cinco, seis de la tarde dos o tres colectivos con personas que venían de visitar el túnel subfluvial con la intención de tomar cerveza fría y comer mayonesa de aves. Me limpiaban todo así que servía las mesas y salía disparando a mi casa o mandaba a un mozo a avisarle a mi viejo que se venga a darme una mano porque tenía que meterme al gallinero a matar gallinas y armar las mayonesas de aves para la noche», comenta.

En el corazón de la cocina, donde transitan innumerables aromas y sabores. 

Entre tantas historias que comparar una época de otra, los recuerdos van y vienen entre las mesas del Jardín: «El barril siempre y hasta el día de hoy se espicha en la cámara de frío y por un conducto llegan a las choperas. En ese tiempo no eran eléctricas y era común el grito de mi papá pidiendo hielo y rompíamos las barras y las tirábamos adentro ya molidas para que no se pierda el frío.

Entre tantos platos típicos que se sirven está el postre apfelstrudel que es una especialidad de mi señora y en aquel entonces era hecho por Antonia Schneider que después le enseñó los secretos a una de las mujeres de los hermanos Burner y ella a mi señora.

El Jardín de la Cerveza siempre fue eso, un patio para disfrutar de comidas típicas y liso bien frío durante el verano hasta que un día se me antojó hacer un salón de té y me puse a levantarlo y es el salón que está al frente del Jardín y da a la ruta. Tumbe un pino grande otro lo dejé que salga por el techo y así arranqué. Koroll que tenía un aserradero y me dio unos lapachos que me cortaron los Amable para hacer después las cableadas. Hice un hogar y un día se me ocurrió agrandarlo y así lo fui modificando. Quería forrarlo al frente en madera y no sabía con qué. Un día salgo del Quijote miro para la parroquia Natividad y veo una parva de madera pinotea amontonada. Le pregunté al cura y resulta que la señora Magdalena Vionnet Alonso Criado había donado el órgano que venía envuelto en pinotea para que no se golpeara. Le expliqué para que las quería y el cura me dijo que me las lleve que le hacía un gran favor y así forre el frente del salón con el envoltorio del órgano de la parroquia.

Mi mamá vino con el cuento que se alquilaba el Jardín y desde ese momento que agarré la bicicleta y me fui a hablar para que me lo alquilen supe lo que quería en ese lugar. Quizás nunca imaginé tanto pero sabía que iba a funcionar e iba a tener éxito. Solo no hubiese podido, estuvo mi hermano, mis papás, mi señora en aquel principio como tantas personas que de alguna manera u otra daban una mano como por ejemplo «Chacho» Hilguert porque había momentos que uno necesitaba un crédito para arrancar o crecer y él o su señora mi firmaban la garantía en el Banco Provincia. A veces se pedía bastante plata y me decía: «Che vas a poder pagarlo mirá que ese es medio gordo» y le decía que se quede tranquilo que tenía guardado para ir pagando las cuotas», recuerda Raúl Bolzico.

El Jardín de la Cerveza, una marca registrada que se transmite de generación en generación.

El jardín que mezcla tradiciones suizas y alemanas es un espacio que a lo largo de 50 años ha sabido escribir páginas de recuerdos imborrables para cualquiera que haya pasado por allí: «El salón de té y fiestas fue mucho después, al principio solo era el Jardín en verano porque los hermanos Burner aún vivían aquí, incluso ya tenía el vivero pero estaba por Avenida Córdoba, las cosas se fueron agregando después pero jamás perdimos la tradición y esencia por la cuál fue creado este espacio.

Si bien pasan los años, la llegada de una nueva temporada de verano es algo que vivo de forma especial como aquellos primeros años. Unos tres meses antes de la apertura ya preparé unos 1.200 kilos para su fermentación. Después vuelvo a hacer porque todo eso se consume, además fiestas tradicionales en pueblos de la zona vienen a comprarme el chucrut. Lo preparo en tanques de fibra cemento con un nylon grande arriba y las prensas que hacen fuerza y así se prepara lo que será luego el típico plato.

El promedio de cerveza es difícil de sacarlo a lo largo del verano pero un sábado de calor con gran afluencia de público se llegan a tirar unos 700 litros de barril. Hay clásicos dentro del Jardín y una es la campana que suena. Resulta que al tener el vivero uno va y viene llegaba gente al frente y no escuchábamos entonces pusimos una campana y el que atendía la hacía sonar tantas veces de acuerdo a la persona que se buscaba pero un día uno de mis hijos que era chico estaba en el sector donde tiramos la cerveza y se estaba terminando un barril y hacía ruido y para acompañar ese ritmo tocó la campana y quedó. Ahora cuando se siente el ruido que se está terminando el barril el que está cerca deja de hacer su tarea y le da un sacudón a la campana. Otro clásico es la casita de madera. La hicimos con Luis Heinzen y la trajimos en dos carretillas de madera y ahí quedó».

La casita de madera del patio cervecero que guarda en su interior inolvidables anécdotas y aventuras. 

«Acá trabaja mi señora y dos de mis hijos, los otros ya están casados y formaron sus familias y vienen a disfrutar del espacio. Muchas personas han pasado a lo largo de estos 48 años, innumerables, perdí la cuenta, era lindo cuando llegaban embajadores alemanes y les preparábamos una mesa especial.

No me imagino un día sin el Jardín de la Cerveza, es mi vida como así también lo son las plantas. Ando todo el día por Esperanza y localidades de Las Colonias haciendo jardines y vuelvo a casa, me ducho y estoy listo para recibir a las personas que llegan al Jardín. Es parte de mi vida y me hace feliz, no seré eterno en este lugar y hoy Rafael, uno de mis hijos, sigue mis pasos dentro del patio cervecero y es el que seguirá ordeñando la vaquita, acá no hay misterios, solo poner el lomo y hacer cada cosa con pasión. A veces me pasa que minutos antes de abrir las puertas me siento en una silla y mirando el espacio me digo a mí mismo: «Mira a donde llegamos, lo que hicimos» , es lindo que la gente sienta como propia una locura que un día arrancó siendo pibe», comentó en el final simplemente el «Nené».

Son casi las 20, las luces del patio se encienden al ritmo de la música valesana que ya se escucha por los parlantes, los manteles prolijamente estirados aguardan junto a sus sillas la llegada de nuevas familias. En un rincón la casita de madera espera por gritos, peleas y nuevas historias que serán contadas el día de mañana… De pronto un mozo sale a escena y se pide el primer liso helado de la noche acompañado de un clásico plato de chucrut… La mesa está servida, como hace 50 años, el Jardín de la Cerveza simplemente los espera.

 

 

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