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Arancedo: dimensión espiritual y social de la Misión

por jose

El evangelio de este domingo nos muestra a Jesús llamando y enviando a los apóstoles a misionar. Cuando el quiere dar razones de este actuar se remite a su Padre que lo envío: “Como el Padre me envió, yo también los envío ustedes” (Jn. 20, 21). Su Padre no es un Dios local o de un pueblo, es el Padre de todos. La misión de Jesucristo, por lo mismo, no tiene límites geográficos o de razas, es para todos. Esta fue la primera consecuencia que sacó san Pablo del mensaje de Jesús.

 

No hay nada más opuesto a la fe en Dios, el Padre de Jesucristo, que hacer de ella una religión cerrada que nosotros manejamos. La fe, que es obediencia a Jesucristo, tiene horizontes de humanidad: “Para esto he venido al mundo, nos dice, para dar testimonio de la verdad” (Jn. 18, 37). El fundamento de la misión está, por ello, en la vida y el mensaje de Jesús. Esto significa que la fe, como fidelidad a su Palabra, es necesariamente misionera. La Misión no es un agregado a la fe, ni sólo la vocación de algunos fieles. Aparecida nos llama a ser: “Discípulos y misioneros de Jesucristo”.

 

Si bien podemos distinguir en el contenido de la misión un aspecto, que llamaría espiritual o interior, referido al encuentro personal con Jesucristo como fuente de la vida cristiana, no podemos separarlo de la dimensión social que presenta el mensaje de Jesús. No hay que oponer evangelización y promoción humana, ambas pertenecen a la mirada del Evangelio. La Iglesia evangeliza al hombre promoviéndolo, y lo promueve evangelizándolo. La Doctrina Social de la Iglesia es parte de la Teología Moral, y es como la resonancia temporal del evangelio.

Cuando se separa lo espiritual y lo social se desconoce su unidad de origen, que es Jesucristo, y la unidad de término que es el hombre. “En el anuncio del Evangelio, la dimensión social es esencial e ineludible, aún no siendo la única” (CIC. 526). Esta afirmación del Catecismo de la Iglesia Católica muestra el sentido pleno de la Misión desde Jesucristo. Podríamos decir que la sensibilidad con el que sufre y la vida de caridad son expresión de una fe madura y comprometida con la misión de Jesucristo. Las misiones en la Iglesia siempre han dado testimonio de esta verdad.

 

Aprovecho estas reflexiones para valorar y agradecer la tarea docente y testimonial que Caritas viene desarrollando en nuestras comunidades. No se podría entender a la Iglesia en su fidelidad a Jesucristo, si no mostrara su cercanía con el dolor y la miseria, no sólo para conocerla y hacer estadísticas que son necesarias, sino para acercarse a ellas y asumirlas como lo hizo Jesucristo. Caritas es expresión de una fe vivida y comprometida. La acción de la Iglesia en el campo social debe testimoniar, ante todo, la centralidad del hombre como ser espiritual e hijo de Dios.

Esto no significa desconocer la miseria humana o no atender a quién no participa de la misma fe, sino iluminar desde la fe la verdad del hombre y considerarlo como mi hermano. El mayor acto de caridad es poner de pie al hombre y hacerle tomar conciencia de su dignidad y su condición de hijo de Dios. La mirada de la fe es abarcativa de toda la realidad del hombre en sus dimensiones humanas, sociales y espirituales. Este es el sello distintivo de Caritas, porque nace de la fe en la palabra y el testimonio de Jesucristo.

 

Agradeciendo nuevamente la generosidad y entrega de tantos voluntarios de Caritas, les hago llegar junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima.

 

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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