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04/08/2013 | 03:55hs

Día del cura párroco

El 4 de agosto, memoria del Santo Cura de Ars, celebramos el Día del Párroco. Este año lo hacemos en la cercanía de la beatificación de quién podríamos llamar el cura de Ars argentino, me refiero al Cura Brochero que será beatificado el próximo 14 de septiembre. En este marco quiero dirigir mi oración y gratitud por esa figura tan cercana que es nuestro Párroco. Por José María Arancedo, Arzobispo de Santa Fe.

El 4 de agosto, memoria del Santo Cura de Ars, celebramos el Día del Párroco. Este año lo hacemos en la cercanía de la beatificación de quién podríamos llamar el cura de Ars argentino, me refiero al Cura Brochero que será beatificado el próximo 14 de septiembre. En este marco quiero dirigir mi oración y gratitud por esa figura tan cercana que es nuestro Párroco. Es alguien que un día se sintió llamado por el Señor y encaminó sus pasos para seguirlo. En esa llamada ya intuía que se trataba de un encuentro que le exigía una donación total.

 

El contenido de esa llamada la fue madurando en esos simples diálogos del Señor con sus primeros discípulos. El seguirlo significaba un encuentro, una vivencia con él, no se trataba de seguir a una idea sino a una persona: “venga y verán”, les decía el Señor a aquellos discípulos (Jn. 1 39). Estamos hablando del sacerdocio como una vocación que ha marcado su vida, y a quién la Iglesia un día le confió la responsabilidad de presidir una comunidad parroquial.

 

Sólo desde Jesucristo, que ha querido dejarnos su ministerio en la presencia sacramental del sacerdote, podemos comprender su vida: “Como el Padre me envió, yo también los envío a ustedes” (Jn. 20, 21). Fuera de este ámbito el sacerdote pierde la razón última de su vida y el significado de su misión. Su fuente es el sacerdocio de Jesucristo. Esto nos habla de su identidad, misión y responsabilidad. Como el apóstol él debe vivir con humildad esta simple verdad: “llevamos un tesoro, decía san Pablo, en recipientes de barro” (2 Cor. 4, 7).

Esto significa que, además de la fragilidad humana, no se elige el sacerdocio como una carrera, sino que se parte de un llamado. No somos dueños de una profesión, somos servidores de un don que hemos recibido. Esta mirada de fe la debe tener en primer lugar el sacerdote, para vivir con sencillez y alegría su vocación; pero también los fieles y la comunidad, para comprender desde la fe la vida del sacerdote como esa presencia sacramental que Jesucristo nos ha dejado.

 

La fe cristiana, como vemos, no es sólo creer en un Dios al que no vemos, sino creer en un Dios que habló y nos expresó su voluntad como un camino de Vida. Esta encarnación de Dios en su Hijo es la que continúa de un modo sacramental en la Iglesia. Así como decimos creo en la Iglesia, en cuanto comunidad animada por el Espíritu Santo, debemos decir también creo en el sacerdocio como don de Dios y presencia sacramental de Jesucristo.

Este marco de fe es el que nos ayuda a comprender la vida y la misión del sacerdote. La misión del párroco encuentra su fuente en la misma vida de Jesucristo, el Buen Pastor (Jn. Cap. 10). ¡Qué importante que esta imagen que da sentido a la vida del sacerdote, sea también un motivo de oración por él y por las vocaciones sacerdotales! El Señor sigue llamando. Hagamos llegar a nuestros párrocos en su día nuestro saludo y gratitud.

 

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oración, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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